Hace tres años, cuando a bordo de un autobús realizaba el tedioso regreso a Cuernavaca desde Guanajuato, después de atestiguar sólo por un fin de semana aquella emisión memorable del Festival Internacional Cervantino (FIC), tarde se me hacía para llegar a escribir en una reseña cuánto disfruté los cinco magníficos eventos que escogí, contando –junto a un gran número de colegas– con pases gratuitos de entrada. Incluso a los acompañantes de reporteros y periodistas favoreció tal cortesía. Tuve en ese entonces la buena suerte de toparme en la Sala de Prensa con un empleado amable, pero sobre todo sensible, que me dio todas las facilidades aún cuando no efectué el protocolo de acreditación.
Este 2008, por un lado Jilgueros y pinzones, una puesta deliciosa a cargo de El Canal – Centre d’Arts Escèniques de Salt/Girona, la cual hace reír de principio a fin sin diluir una profunda investigación sobre la música culta y popular de los siglos XIX y XX en Cataluña, y por otro lado la admirable producción que incluye insectos mecánicos gigantes del grupo callejero Sarruga, también de integrantes españoles, pudieron mermar bastante el malestar que sentí como víctima de la pobre logística que hundió a la más reciente emisión del FIC. Paradójicamente ese caos me motiva ahora –más que los espectáculos en si– a compartir con el lector mi experiencia allá.
La oficina de prensa era un nido de burócratas, en el cual poco valía el enmarañado proceso de acreditación que seguí al pie de la letra para evitar quedarme fuera de algunos espectáculos que previamente seleccioné. En ese lugar las respuestas eran “se fueron a comer, regrese al rato”, “tuvimos un problema y no se imprimieron todos los gafetes”, por ejemplo. El colmo fue la imposibilidad de acceder a una presentación de Pilobolus Dance Theater, aún cuando mi nombre figuraba en la lista de invitados de prensa. Una asistente de producción en Canal 22 con acompañante y otras cuatro o cinco personas más de los medios pasaron también por este atraco en el Auditorio del Estado. Hablar con el encargado de dicho foro sirvió para lo mismo que haber sido transportados al lugar. Nuestras súplicas y quejas sólo fueron patadas de ahogado tratando de escapar del mar de desorganización que sumergió al FIC entero y que a público en general y gente de los medios llegó hasta al cuello.
Algo similar se vivió afuera del Templo de la Compañía, el sábado 25 por la tarde, pues siendo ya la hora del comienzo del concierto de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato, la fila para ingresar daba la vuelta a la esquina, mientras algunos músicos apenas iban arribando. Enrique Bátiz, quien se atrevió a dirigir ahí la tercera sinfonía de Mahler, seguramente prolongó la pesadilla una vez que el recinto fue llenado.
Por otra parte, Guanajuato – inscrita como bien cultural en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO– con su historial de trágicos anegamientos, no merece padecer cada año en octubre los ríos de jóvenes que, en estado etílico o alucinógeno, confunden las calles y callejones con un enorme antro al aire libre. ¡Qué pena! Imaginen que esos miles fueran a beber arte genuino en lugar de cerveza.
Los habitantes del lugar sostenían que en las semanas pasadas la apariencia de las calles de la ciudad era normal, como si no existiera el magno evento. Curiosamente el fin de semana comprendido entre el 24 y 26 de octubre fue la gran excepción (y decepción para los ciudadanos), pues el ‘concierto’ de uno de los máximos exponentes de la música contemporánea opacaba cualquier cosa antes vista u oída allí: Café Tacvba. Si los Tigres del Norte ya habían clausurado un Festival en alguna emisión anterior, ¿por qué no otorgar la oportunidad a un grupo cuyas letras son de una poesía aún más elevada?
Se dijo que Los Tigres donaron todas las ganancias al Festival; si esto mismo hizo Café Tacvba, su actuación estaría justificada. El problema es que esta clase de conjuntos sean presentados dentro de la cartelera oficial del FIC. Si van a tocar, que sea antes o después de octubre, en terrenos de alguna fábrica zapatera de León o en campo estéril a orillas de la carretera entre Guanajuato y Silao, pero no en la explanada de la Ahóndiga de Granaditas. ¿La estrategia será ocupar las ganancias que dejen sus numerosísimos seguidores como una inyección al FIC en un intento de salvar a la sociedad que posee sensibilidad y buen gusto? Quizá con esta medida no se generen cantidades importantes de nuevos adeptos al verdadero arte, pero sí serán conservados los que existen. Si no podemos contra el enemigo, de algún modo habrá que unírsele.
Del suertudo grupo cuyo itinerario por los Estados Unidos de América durante noviembre envidiaría cualquier director de orquesta famoso, cito aquí un fragmento de Bar Tacuba, cancioncilla que encaja muy bien con el panorama que tuvo el FIC este año:
Me he quedado simplemente solo / me he quedado como siempre hasta el final / se recogen ya los vasos rotos / triste y decadente forma de acabar.