En el marco del Festival En Blanco y Negro, extensión Morelos, el pianista mexicano Jorge Federico Osorio presentó el pasado 26 de junio un recital con obras de Prokofiev, Chopin y Debussy en el Teatro Ocampo, el mismo edificio que con su costosa remodelación brindaría al colega italiano de Osorio, Christian Leotta, gotas de lluvia cayendo sobre su cabeza a media actuación.
La quinta sonata de Sergei Prokofiev (1891 – 1953) es una obra espléndida mientras reciba la lectura de un ejecutante que la comprenda. Con el avejentado Osorio sonaba como si estuviera en manos de un aventajado alumno del Conservatorio. Curiosamente esa fue la elección que dio comienzo a un programa evidentemente diseñado por un auténtico pianista.
Estuve pensando por qué no me satisfizo tampoco su interpretación de la obra de Frédéric Chopin (1810 – 1849) y concluí lo siguiente: la opus 58 no es cualquier sonata de vecino; su ejecución requiere de un artista consumado, pero no únicamente en el piano, sino en Chopin mismo. El monumento que hizo el compositor polaco no debe ser tocado solamente con buena técnica y efectos especiales. La interpretación ordinaria de Jorge Federico en el tétrico teatro perdió la monotonía cuando, del radio de algún insensible despistado salió un ruido espantoso, el cual hizo pronunciar al unísono a varios espectadores un ¡shhhhhh! igualmente sonoro y desagradable para el pianista.
De esta forma, el primer movimiento fue abordado con una dinámica pareja y algunas pinceladas de virtuosismo siempre opacado por las carreras y los resbaloncitos. El segundo no podía haber salido más embarrado e inexpresivo; la alta velocidad no es la solución para un fragmento que a un músico no le interesa gran cosa. El tercero quizá fue lo menos molesto, aunque aún no había intenciones de matizar de acuerdo a las indicaciones de Chopin. En el cuarto, seguramente Osorio leyó la indicación Presto, pero no hizo caso del ma non tanto (pero no tanto) que le acompaña. Más bien seguía su erróneo concepto prokofiano de tocar ruda y desbocadamente.
En estos casos el intermedio siempre causa mucha angustia, y ella aumenta en tiempos de chubascos: se la pasa uno deliberando internamente si quedarse a escuchar lo que puede derivar en un estropicio más, o si partir hacia el hogar antes del diluvio en busca de protección antigripal y quizá de saneo espiritual mediante alguna buena grabación de lo que no se oyó.
Pero elegí la primera opción y afortunadamente fue la correcta: pude disfrutar el primer libro completo de Preludios de Claude Debussy (1862 – 1918). Ya había escuchado comentarios favorables sobre el Debussy de Osorio. Así, en la segunda parte del programa, afloró todo el refinamiento ausente en la primera, ¡y de qué forma! El músico demostró que no hay malos pianos y que aún del instrumento deteriorado en que tocó se podía extraer una amplia gama de sonoridades para crear una atmósfera seductora, seguramente muy apegada a la que el propio Debussy, compositor visionario, buscaba a través de sus enigmáticas piezas. Con buen gusto inició la serie y continuó así, en mi opinión, hasta el décimo preludio, La Catedral Sumergida, el cual fue un clímax perfecto. Sin embargo, un gesto parecido al del pianista que acaba su recital y espera que le aplaudan, provocó que algunas personas del público -que ya habían interrumpido después del primer movimiento de Chopin- lo hicieran de nuevo antes del par de preludios que faltaban. Osorio entonces ya no fue tan cuidadoso y prefirió tocar velozmente para acabar cuanto antes.
Después vendría el regalo de la noche, una de las mazurcas de Ponce, la cual después de la serie debussyana resultaba un poco ríspida.
El resumen, hubo un Prokofiev mecánico, un Chopin aséptico, un Debussy revelador y un Ponce fuera de lugar. Sin embargo, el nivel de exigencia de la mayoría de los presentes no fue muy alto. Después de que Jorge Federico Osorio desapareció de escena en medio de interminables aplausos, prácticamente todo mundo fue a casa completamente satisfecho.